Hay una forma silenciosa de discriminación que pocas veces se nombra: esa idea de que, llegado cierto momento de la vida, algunas profesiones deberían quedar atrás. En el periodismo se siente especialmente, como si el paso del tiempo pudiera quitarle valor a una mirada, como si la edad obligara a abandonar las preguntas, a entregar la libreta, a apagar el micrófono y a aceptar que otros tienen más derecho a contar lo que ocurre. No debería ser así. Hay oficios que se transforman con nosotros, y el periodismo es uno de ellos.
Vivimos, además, en una época que parece obsesionada con la juventud. Todo tiene que ser rápido, reciente, inmediato. Hasta las personas parecen tener fecha de actualización. Se celebra lo nuevo con tanta intensidad que a veces olvidamos que la experiencia también puede ser una forma de innovación: la capacidad de mirar un acontecimiento y comprender que no apareció de la nada, que tiene raíces, antecedentes y consecuencias que quizá todavía no alcanzamos a ver.
El problema no está en que lleguen periodistas jóvenes. Al contrario: hacen falta. Traen preguntas nuevas, lenguajes diferentes, otras maneras de acercarse a las audiencias y una relación natural con herramientas que para otras generaciones significaron aprender desde cero. El problema aparece cuando creemos que una generación debe sustituir a la otra, como si el periodismo fuera una carrera en la que unos tienen que desaparecer para que otros puedan avanzar.
La experiencia en de gran valor
Quien ha dedicado años a observar una ciudad no mira sus calles de la misma manera que quien acaba de conocerlas. Quien ha entrevistado a cientos de personas aprende a reconocer los silencios, las evasivas, las pequeñas grietas de un discurso. Quien ha cubierto durante décadas una sociedad guarda en la memoria acontecimientos que no aparecen en ningún buscador. Ha visto cambiar los rostros, las costumbres, las preocupaciones y hasta las palabras con las que una generación describe sus propios problemas. Todo eso también es una herramienta periodística, aunque no pueda medirse en seguidores, reproducciones o velocidad de publicación.
El periodismo pierde cuando expulsa la experiencia, pero también pierde cuando la experiencia se niega a escuchar lo nuevo. La verdadera riqueza está en otra parte: en una redacción donde puedan convivir distintas edades, distintas sensibilidades y distintas maneras de entender el oficio. Donde alguien que comienza pueda preguntar sin miedo y alguien que lleva años pueda compartir lo que aprendió sin convertirlo en una frontera.
Porque contar el presente también requiere conocer lo que hubo antes. Hay historias que adquieren otro significado cuando alguien recuerda cómo comenzó todo. Hay personajes que necesitan ser vistos más allá de la fotografía del día. Hay promesas que solo pueden entenderse cuando alguien recuerda que ya fueron hechas antes. Y hay silencios que adquieren otra dimensión cuando quien escucha sabe reconocer lo que una sociedad ha decidido olvidar.
Quizá eso sea una de las cosas más hermosas de este oficio: nunca terminamos de aprender a mirar. Cambian las herramientas, cambian las plataformas, cambian las formas de publicar y cambia incluso la manera en que las personas consumen información. Pero permanece la necesidad de saber qué pasó, por qué pasó y a quiénes afecta. Mientras exista esa necesidad, seguirá haciendo falta quien salga a buscar respuestas. No importa cuántos años tenga.
Todavía tenemos historias que contar
Hay periodistas que comienzan muy jóvenes y otros que encuentran su mejor voz después de haber vivido mucho. Hay quienes descubren su estilo después de cientos de entrevistas y quienes necesitan décadas para entender qué historias quieren contar. Algunos han tenido que aprender a trabajar con máquinas que ya no existen y, muchos años después, aprender a hacerlo con herramientas que apenas podían imaginar cuando comenzaron. Todos forman parte de la misma profesión.
Por eso no deberíamos preguntarnos cuánto tiempo le queda a un periodista. Deberíamos preguntarnos cuánto puede aportar todavía. Deberíamos mirar la experiencia como una biblioteca que sigue abierta, no como un libro que debe cerrarse porque ha pasado demasiado tiempo desde su primera página.
Porque hay personas que envejecen alejándose del mundo, y hay otras que, con cada año, encuentran nuevas razones para querer entenderlo. Quizá esas sean precisamente las personas que todavía necesitamos en el periodismo: quienes no han perdido la curiosidad, quienes todavía se sorprenden, quienes siguen creyendo que detrás de una historia hay otra historia esperando ser descubierta.
A esas últimas no hay que pedirles que se retiren de la conversación. Hay que seguir dándoles espacio para contar.
Porque mientras exista una historia que merezca ser escuchada, siempre habrá una razón para abrir una libreta, encender un micrófono, hacer una pregunta y volver a salir a buscarla. Y nadie debería tener el derecho de decirnos que, por haber vivido más, ya no tenemos derecho a hacerlo.
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